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Quererse a uno mismo, esta de moda.

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Una de las simples verdades de la vida es que una persona no será capaz de aceptar el amor de los demás si antes no se ama a sí misma. Del mismo modo, una persona no será capaz de sentir amor por los demás a menos que también se ame a sí misma.

Ello está implícito en las palabras de Cristo, quien dijo “ama a tu prójimo como a ti mismo”.
Cuando alguien tiene amor por sí mismo se valora y se preocupa por su propia persona, se ve a sí mismo como merecedor de compasión, benevolencia y felicidad. Tiene plena conciencia de sus faltas y errores, pero en lugar de ver sus imperfecciones como prueba de su falta de méritos y de la imposibilidad de que lo amen, las ve como pruebas de su condición humana.

Aunque los términos “amor a sí mismo” y “narcisismo” suelen usarse como sinónimos, no lo son. El narcisista es un perfeccionista exigente que se fastidia cuando él y los demás no responden a sus grandes expectativas. En cambio, cuando una persona aprende a amarse más a sí misma se torna más tolerante y deja de juzgarse y juzgar a los demás conforme a modelos imposibles de alcanzar.

El individuo narcisista tiene también un marcado sentido de sus derechos y lo impacienta que los demás no lo atiendan como él cree que debería hacerlo. Quien tiene amor por sí mismo, en cambio, considera que merece la mejor vida, pero no que se le debe un tratamiento especial.

El narcisista tiene una idea exagerada de su propio valor y se siente superior a los demás. El que se ama a sí mismo tiene una visión realista de su propia persona y se considera un ser complejo, ni superior ni inferior a los demás y valores como seres humanos tan complejos como él mismo.


 

 

 

 

EL PROCESO DE APRENDIZAJE

Hay quienes están tan acostumbrados a verse a sí mismos de determinada manera, que jamás cuestionan el origen de esa visión, sino que dan por sentado que si sienten desagrado por su propia persona lo más probable es que hayan nacido con ese sentimiento y que sin duda es el destino que merecen Los cierto es que nadie llegó al mundo viéndose a sí mismo feo, malo, estúpido o indigno de ser amado, ni tampoco hermoso, bueno, inteligente o digno de ser amado. En lo que respecta a ideas acerca de nosotros mismos, todos comenzamos la vida con una pizarra en blanco. Ignorábamos por completo si éramos listos o tontos, valiosos o despreciables, lindos o feos, incluso si éramos varón o mujer. Todo lo que sabemos acerca de nosotros mismos, lo hemos aprendido.

A medida que crecimos y adquirimos ideas definidas acerca de quiénes deberíamos ser. Lo típico es que constantemente comparemos el yo que percibimos con el yo ideal. Si el primero queda muy debajo del segundo, nuestra autoestima será baja.


"NO QUIERO OCUPARME DE MIS SENTIMIENTOS"


El amor es una sensación, un sentimiento. De ahí que para poder amar y sentirse amada, una persona debe primero ser capaz de experimentar emociones. Esto suena simple, tan obvio que algunos podrán decir que es ridículo señalarlo. La verdad es, sin embargo, que muchas personas desean poder amar y sentirse amadas, al mismo tiempo que se mantienen ajenas a lo emocional.

Aunque tal vez consideren que “enamorarse” apasionadamente es una experiencia deseable, creen que por principio es necesario mantener controladas las emociones, no ceder a ellas ni permitir “que se apoderen de nosotros”. Según esa visión, dejarse llevar por los sentimientos es un signo de debilidad, falta de carácter y/o mala crianza, aunque ser arrastrado por el sentimiento específico del amor, sobre todo el amor romántico o el amor hacia los hijos, puede ser aceptable e incluso deseable.

Aquellos que padecen las formas más severas de bloqueo “No quiero ocuparme de mis sentimientos” se encuadran en términos generales en dos grandes categorías. La primera la forman las personas que no pueden tolerar la intensidad emocional. Los sentimientos fuertes de cualquier naturaleza los ponen incómodos, aun cuando sean sentimientos “agradables” como el amor. Se empeñan en mantener bajo control sus propios sentimientos, asumiendo un aire de calma imperturbable, y casi siempre también procuran controlar los sentimientos de los demás, para lo cual utilizan un repertorio convencional: “No te sientas de ese modo”, “No puedes dejar que eso te perturbe”, “Estás sobreactuando”, etc. Por mucho que deseen sentirse amados, cuando por fin se les presenta la oportunidad se muestran ansiosos y alterados y sienten que la experiencia les produce una enorme agitación interior, hasta el punto de dejarlos aturdidos, confusos, descolocados. Para ellos, la perspectiva de pasar por la vida sin amor puede ser menos asustante que vivir la inquietante experiencia de ser amados.

Para el segundo grupo de personas afectadas por este bloqueo, la cuestión no es cuán intensamente sienten, sino qué sienten. Desean sentir en forma selectiva, experimentando sólo aquellos sentimientos que consideran “buenos, agradables, y positivos. No tienen inconveniente en experimentar estos sentimientos “buenos” con intensidad, siempre que no experimenten nunca sentimientos “malos”, tales como “enojo, envidia y resentimiento.

Ambas actitudes son igualmente efectivas para bloquear la receptividad del amor, porque si lo aceptaran correrían el riesgo de sentirse sacudidas, conmocionadas. Semejante intensidad los excede, son incapaces de absorberla. Las personas del segundo grupo se bloquean para no o aceptar amor porque creen erróneamente que pueden cerrarse sólo a los “malos” sentimientos. No comprenden que dado que todos los sentimientos están inextricablemente vinculados, nadie puede suprimir varios sentimientos “malos” sin perder la capacidad de experimentar también todos los otros sentimientos, incluidos los “buenos”.

No todas las personas afectadas por el bloqueo “No quiero ocuparme de mis sentimientos” lo padecen en sus formas graves. Tampoco se encuadran todas exactamente en una de las dos categorías descriptas. El bloqueo puede manifestarse en forma sutil: personas que no están permanentemente en guardia contra los sentimientos fuertes, pero que tampoco se sienten del todo cómodos cuando sienten una emoción con auténtica intensidad.

 

 

Si se sorprenden a sí mismos experimentando un sentimiento que consideran “malo”, digamos resentimiento hacia un ser querido, deseo sexual hacia alguien que no es su pareja, o envidia hacia un amigo, se apresuran a censurar y reprimir ese sentimiento, diciéndose “No debería sentir los que siento”. Y si experimentan una emoción con gran intensidad, ya sea rabia o euforia, los invade el temor de que si no la controlan, esa emoción puede dominarlos y hacer que se comparten de un modo tonto e imprudente que luego lamentarán. No matan la emoción, pero le ponen sordina. Viven el miedo como “incómodo”, la alegría como “agradable” y el enojo como “desagradable”. Si bien son capaces de sentir afecto y amor por los demás, no se permiten amar sin trabas, porque esto implicaría perder el control. Y aunque en el plano intelectual puedan saber que otros los aman profundamente, son incapaces de experimentar la expansiva calidez interior que logra quien se permite a sí mismo abrirse de verdad y dejar que el amor de otra persona penetre en lo más hondo de su ser.

INFLUENCIAS CULTURALES

Es indudable que nuestras experiencias familiares tempranas determinan en gran medida el estilo con que manejamos nuestros sentimientos. Pero una de las razones por la que tantas personas se sienten incómodas con sus sentimientos es que somos todos productos de una cultura caracterizada por un fuerte prejuicio anti emocional. En la cultura norteamericana se enseña a admirar la racionalidad “viril” como un rasgo al que se debe aspirar, en tanto que el sentimiento es menospreciado por considerárselo femenino e infantil. A cultura popular ha glorificado al hombre fuerte, silencioso, que nunca “cede” ante sus sentimientos, pintándolo como un ser noble, heroico y hasta sexy. En contraste con ello, la expresión abierta de los sentimientos es vista como algo embarazoso, poco serio o indecoroso, y a quienes manifiestan sus sentimientos se los suele considerar débiles y tontos.

Por su puesto los diversos grupos étnicos tienen actitudes distintas frente a las emociones y se ajustan a distintas reglas respecto a la manera de expresarlas. En términos generales, las culturas alemana, escandinava, inglesa e irlandesa tienden a una represión emocional mucho mayor que las latinas y mediterráneas.

 

 

 

Y en las culturas asiáticas, así como las árabes y africanas, existen distintas creencias respecto a cuáles son los sentimientos aceptables y cuáles los modos permisibles de expresarlos. Cuando hablamos del prejuicio anti emocional que impregna la cultura norteamericana, nos referimos a una tendencia de la corriente cultural dominante, que hasta el presente se halla sometida sobre todo a la influencia de las culturas de Europa del Norte.

Es verdad que este prejuicio anti emocional tiene su lado positivo. Dado que el comercio y las relaciones sociales serían imposibles si todo el mundo diera rienda suelta a sus emociones, cierto grado de represión emocional es necesario para que podamos vivir en n mundo aceptablemente ordenado, eficiente y civilizado. Pero es igualmente cierto que esa represión torna difícil para mucha gente la saludable aceptación de sus emociones, tan crucial para el bienestar psicológico y el mantenimiento e relaciones satisfactorias.

Junto con el prejuicio general contra los sentimientos, prevalece en nuestra cultura la idea de que ciertos sentimientos son especialmente malos. Así, por ejemplo, muchas personas consideran que la pena y la tristeza son sentimientos impropios, enfermizos y de mal gusto. En la infancia se les enseño que no tenían derecho a ellos, y que experimentarlos era una tontería, una falta y una grosería. Tal vez sus padres les inculcaron que los “niños grandes no lloran”, trataron de convencerlos de que “en realidad no te sientes de ese modo”, los fastidiaron con expresiones como “apuesto a que no sabes sonreír”, o les dijeron “no tienes derecho a sentir lástima por ti mismo cuando en China (o donde fuere) los niños mueren de hambre”. Aun cuando a n niño se le permitía experimentar pena y tristeza, lo más posible es que se le enseñara a no dejar que tales sentimientos se prolongaran demasiado, pues corría el riesgo de acabar “hundiéndose” en ellos. De ahí que cuando experimentan tales sentimientos en la edad adulta, muchas personas reaccionan con impaciencia y enojo contra sí mismo, diciéndose que están en falta y que deben “salir de eso lo antes posible”.

El enojo es otro sentimiento que a muchos se les enseñó a ocultar, o incluso a no permitirse experimentarlo. El castigo podía ser manifiesto, como en el caso de niños a quienes se les pegaba cuando tenían una rabieta o se enojaban.

 

 

 

También podía ser sutil, como en el caso de los padres que retaceaban afecto, aprobación o alimento hasta que sus hijos empezaban a sonreír como ellos creían que debía hacerlo un niño.

El sexo es un factor de peso para determinar cuáles son los sentimientos que aprendimos a considerar inaceptables. Por ejemplo, a las mujeres se les da por lo general más libertad que a los varones para tener sentimientos y expresarlos. Pero el problema es que esa libertad sólo se aplica al grupo relativamente pequeño de emociones humanas consideradas “femeninas”, tales como la compasión, la ternura, la humildad y el amor romántico y maternal. Otros sentimientos humanos como la ira, la lujuria, la ambición, la agresión, el odio, y la vanidad están catalogados como “no femeninos”.

También los varones aprenden que sólo ciertos sentimientos son aceptables.

La ambición, el orgullo, los celos y la arrogancia son permisibles; no así las emociones más tiernas y “femeninas”. Y si bien en la infancia se les enseña a niñas y varones que la ira es mala, en la edad adulta los hombres gozan de mayor libertad para experimentarla. Los “jóvenes iracundos” representados por figuras de actores muy famosos y sexys, constituyen un elemento aceptado En cambio no existen imágenes correspondientes de jóvenes iracundas igualmente atractivas. En una sociedad que prohíbe la ira en las mujeres pero las acepta y alienta en los hombres, “a menudo las mujeres se deshacen en lágrimas en lugar de tener un estallido de ira, en tanto que los hombres se enfurecen cuando alguien lastima sus sentimientos y tienen ganas de llorar”.

Para ciertas personas los sentimientos más o perturbadores son los de índole sexual. Para quienes viven con incomodidad los sentimientos sexuales, el sexo, más que un medio para llegar a la intimidad, puede ser una barrera contra ella. Por ejemplo, Julia, sentía repugnancia por los genitales de su marido; en cambio con sus amigos podía relajarse y aceptar afecto, porque estaba sobreentendido que había límites claros para el grado de contacto físico permitido. Pero la relación con su marido que debía incluir por definición, el contacto sexual, le resultaba amenazante y abusiva porque hacía surgir recuerdos reprimidos de abusos sexuales que Julia había sufrido cuando niña.


En una situación inversa a la de Julia, ciertas personas son capaces de experimentar intimidad con su pareja sexual, pero no con amigos. Ello se debe a que asocian el sentimiento cánido de ser amado con el “cosquilleo” e la excitación sexual y les causa terror la posibilidad de que el sentimiento cálido de la amistad íntima pueda encender sentimientos sexuales que consideran inaceptables. En los heterosexuales el miedo suele ser especialmente intenso cuando se trata de la amistad con una persona del mismo sexo, a la inversa de lo que ocurre con los homosexuales.

EL ALTO PRECIO DE LA REPRESIÓN EMOCIONAL

Lo que hacemos con nuestros sentimientos, es decir nuestro comportamiento, puede caracterizarse como correcto o incorrecto, bueno o malo. La renombrada psicoanalista suiza Alice Miller señala este hecho al reherirse a la ira y el odio. Como lo explica la autora. La ira y el odio suelen ser respuestas apropiadas a las crueldades y a la injusticia que muchas personas sufren en el mundo. Ambos son sentimientos normales, y “un sentimiento nunca ha matado a nadie”.

Es necesario dar salida a los sentimientos de alguna manera, ya sea verbalmente, a través del lenguaje corporal o del comportamiento. Pero en lugar de formas saludables de dar salida a los sentimientos, lo que se le ha enseñado a mucha gente es a practicar la negación (“En realidad no me siento de ese modo”), a juzgarse y autocensurarse (“No debería sentirme de este modo”) y a provocar que sus sentimientos se ajusten a las expectativas impuestas desde afuera (“Llegaron las fiestas, debo sentirme feliz”). Estas son defensas corrientes contra las emociones y pueden ser eficaces, al menos por un tiempo, para mantener a raya a los sentimientos perturbadores.

Pero a la larga es perjudicial manejar los sentimientos de esta manera. En primer lugar, las defensas minan la autoestima. Para sentir auténtica autoestima, un individuo debe estar en condiciones de decir: “Soy un ser que siente, capaz de experimentar toda la gama de emociones humanas, y está bien que así sea”. Dicho de otro modo, respetarse a sí mismo significa respetar los propios sentimientos, sin exclusión de ninguno.


 

Cuando alguien censura y reprime sus sentimientos también se priva de una fuente importante de información y guía. El miedo, por ejemplo, puede alertar a una persona sobre el peligro que la acecha, y hacerle ver la conveniencia de tomar precauciones o de huir. La tristeza que al parecer surge “porque sí” puede estar diciéndole a alguien que no cumplió el duelo necesario por una pérdida y que es usada en sus relaciones, ello tal vez sea un signo de que debe poner ciertos límites a lo que los demás pueden exigirle. Pero si alguien está demasiado ocupado censurando sus propios sentimientos, no podrá “oír” lo que éstos tratan de decirle.

Muchas veces también surgen problemas físicos. Si una persona procura poner coto a sus sentimientos, se hace más vulnerable a una serie de dolencias psicosomáticas, que van desde dolores de espalda, cuello y cabeza o desórdenes digestivos menores, hasta cuadros más graves como asma, úlceras y colitis. Quienes niegan y reprimen sus sentimientos también corren un grave riesgo de caer en adicciones a la bebida o a la droga, pues como bien saben los alcohólicos y los drogadictos en tren de recuperación, la bebida y las drogas se utilizan muchas veces para mantener sepultados los propios sentimientos verdaderos.

Estudios recientes sugieren asimismo que en las enfermedades físicas las posibilidades de curación pueden verse afectadas por la forma en que el paciente maneja sus emociones. Así por ejemplo un estudio realizado en San Francisco por la Universidad de California, demostró que entre enfermos de melanoma, una forma grave de cáncer de piel, quienes expresaban con libertad sentimientos como la angustia y la ira mostraban respuestas inmunológicas más positivas que quieres reprimían sus sentimientos.

Muchas personas creen que si niegan determinados sentimientos como la ira o el resentimiento, éste simplemente se esfumará. Lo cierto, en cambio, es que los seres humanos no podemos hacer desaparecer nuestros sentimientos.

 

 

 

 

Podemos empujarlos al subconsciente, con lo cual en apariencia desaparecerán, pero ello requiere una enorme cantidad de energía, y a medida que transcurra el tiempo se necesitará cada vez más energía, y a medida que transcurra el tiempo se necesitará cada vez más energía para mantenerlos reprimidos. Es inevitable que esto lleve a ataque de agotamiento, o a una fatiga crónica que al parecer no tiene motivos. Y dado que a cada uno de nosotros posee una cantidad determinada de energía psíquica, cuanto mayor sea el caudal de energía que alguien invierte en reprimir sus sentimientos, tanto menos le quedará para otros esfuerzos que le demanda la vida.

CÓMO PESAN EN LAS RELACIONES LOS SENTIMIENTOS REPRIMIDOS

La represión de los sentimientos acaba siempre por ser un esfuerzo inútil. Tarde o temprano los sentimientos sepultados afloran. A menudo ello ocurre en el momento más inesperado y con fuerza sorprendente, lo cual puede causar estragos en las relaciones. Bien lo sabe cualquiera que haya estado de pronto con un ser querido, por motivos que nada tienen que ver con el asunto que se plantea en ese momento.

El bloqueo “No quiero ocuparme de mis sentimientos” interfiere en las relaciones de distintas maneras. Dado que la forma principal en que las personas se vinculan y llegan a intimar es a través de experiencias y emociones compartidas, a menudo intensas, quienes se esfuerzan por no mostrar sus sentimientos- o directamente por no tenerlos - necesariamente se sienten solos, apartados y no amados, aun en medio de relaciones en apariencia íntimas. La alineación que experimentan respecto de los demás es el reflejo de la alineación en que se hallan respecto de sus propias emociones.

Cuando un individuo muestra intolerancia y rechazo y está asustado de sus propios sentimientos, suelen adoptar la misma actitud hacia los sentimientos de los demás. De ahí que a veces pueda causar una falsa impresión de de insensibilidad. Aunque se diga a sí mismo que al reprimir sus sentimientos “negativos” protege a los demás de hecho su falta de calidez, tolerancia y naturalidad emocional lastima a los demás y los aleja.

Otra consecuencia de no asumir los propios sentimientos es la proyección.

 

 

Esta situación se da cuando una persona ubica mentalmente sus sentimientos en otra, imaginando que esta última quien experimenta las emociones que en realidad es él quien siente. Por ejemplo, una mujer que está enojada con su marido pero no se permite a si misma admitirlo, se aferrará a la idea de que es él quien está enojado con ella. O un hombre que se siente inseguro en una relación puede proyectar sus sentimientos de vulnerabilidad sobre su pareja, pues en ella le parecen mucho menos amenazantes. “nos fuimos a vivir juntos porque ella necesitaba esa cercanía”, dirá él, sin reconocer nunca que él lo necesitaba tanto como ella. La proyección es un mecanismo habitual en toda clase de relaciones y genera buena parte de los malentendidos entre las personas.


“ES INEVITABLE QUE SALGA LASTIMADO”

El amor y la intimidad siempre entrañan el riesgo de salir lastimado. Cuando nos importa otra persona abiertos para recibir su amor, somos vulnerables a las vicisitudes de su personalidad individual y a los acontecimientos exteriores que la afectan. Inevitablemente habrá momentos en los que personas que son importantes para nosotros nos criticarán, nos defraudarán, nos subestimarán o nos harán sufrir de alguna manera. Y siempre existe el riesgo de que alguien con cuyo amor contamos se retire en forma parcial o total de la relación o muera, dejándonos con un sentimiento de abandono y desamparo, dolidos por la pérdida.

Muchas personas consideran que vale la pena correr estos riesgos en vista de los placeres y los beneficios que las relaciones íntimas pueden potencialmente procurarnos. Para otros, en cambio, pesa más el riesgo de que los lastimen. En lo hondo de su ser sienten que el amor siempre lleva al sufrimiento, un sufrimiento tan terrible que el dolor supera de lejos al posible placer.



 

 

 

 

LOS QUE ELUDEN EL SUFRIMIENTO Y LOS QUE LO BUSCAN

Quienes padecen el bloqueo 'Es inevitable que salga lastimado' pueden agruparse en dos categorías generales: los que eluden el sufrimiento y los que son adictos al sufrimiento. A los primeros los motiva principalmente el miedo al sufrimiento que están seguros habrán de padecer si se permiten a sí mismos amar y ser amados. Según sea la dimensión y la naturaleza exacta de su miedo, o se abstienen por completo de toda relación íntima, o bien establecen relaciones pero luego se distancian o escapan apenas empieza a desarrollarse una auténtica cercanía.

Los adictos al sufrimiento también tienen la certeza de que el sufrimiento será inevitable si se permiten a sí mismos amar y ser amados. Lo que la diferencia de la categoría anterior es que están más que dispuestos a sufrir sin límites en aras del amor. De hecho, es frecuente que se sientan atraídos –como la polilla por la lana- precisamente hacia aquellas personas que más habrán de lastimarlos. Para ellos, una relación no entraña cierto caudal de sufrimiento, obviamente no es una verdadera relación amorosa.

Por otro lado, algunos hombres suelen poseer también ciertas cualidades muy atractivas, y pasan por momentos o períodos en los que pueden ser muy cariñosos, cosa que habitualmente ocurre incluso con los 'peores' padres. Este punto crucial es la clave para comprender el comportamiento de los adictos al dolor. Hasta los niños más seriamente maltratados rara vez crecen con una falta total de amor. Padres que por lo general son fríos, indiferentes o abusivos con sus hijos, tienen momentos en los que se muestran bondadosos, atentos, risueños y afectuosos. Es el carácter impredecible de la conducta de los padres el que hace que los hijos se 'enganchen' en relaciones dolorosas. SI los padres se muestran SIEMPRE fríos e indiferentes, los hijos pueden simplemente dejarlos de lado y dirigir su búsqueda de amor hacia otras personas capaces de brindárselo en forma consecuente. Pero cuando los padres son OCASIONALMENTE cariñosos, los hijos se empeñan en generar situaciones que susciten esa actitud afectuosa. Convencidos de que sus padres son buenos 'en el fondo', los hijos hacen todo lo posible por hacer aflorar esa bondad.

 

 

 

 

Cada vez que el padre o la madre indiferente dan alguna muestra de bondad y afecto, los hijos tratan de recordar con exactitud qué fue lo que hicieron y dijeron para que ello ocurriera. Piensan que si vuelven a hacer lo mismo, recibirán nuevas muestras de amor. Si esto no ocurre, los hijos no advierten que la conducta de los padres nada tiene que ver con ellos, y suponen que no han hecho lo que correspondía, o no lo han hecho exactamente como debían. Cada fracasado intento de hacer aflorar el lado afectuoso de sus padres los convence de que los culpables de esa falta de amor son ellos, y que sin duda algo malo habrán hecho.

Quienes funcionan de este modo repiten el mismo esquema trágico en sus relaciones adultas, sobre todo en las relaciones amorosas. Una y otra vez se embarcan en relaciones con personas tan duras para brindar amor como lo eran sus propios padres. Ansiosos de conseguir por fin el amor que nunca recibieron de sus padres, son arrastrados a una clásica compulsión repetitiva, una necesidad inconsciente de volver a vivir sus relaciones familiares tempranas hasta que logren el dominio de la situación y puedan cambiar el resultado final. La decisión inconsciente que toma el adicto al sufrimiento es ésta: 'Voy a hacer esto una y otra vez hasta que me salga bien'.

Podría argumentarse que las personas adictas al sufrimiento, sobre todo las mujeres, son masoquistas, o sea que el dolor les produce placer. Pero a los adictos al sufrimiento no les resulta para nada placentero el dolor que sus relaciones les acarrean; por el contrario, lo encuentran insoportable. El sufrimiento no les parece BUENO, sino JUSTO, porque les es muy familiar. Es fácil impacientarse con los adictos al sufrimiento y decir que si son desdichados en sus relaciones es por su propia culpa, por elegir siempre a personas que no les convienen. En verdad, lo que hacen al revivir su sufrimiento temprano es tratar de encontrar una manera de poner fin al dolor. 'Si paso por esto una vez más', piensan, 'podré por fin encontrar una salida'

Las emociones constituyen una de las facetas del ser humano más desconcertantes. Conocer qué son y cómo funcionan es el primer paso para alcanzar el autocontrol.

 

 

 

 

Hay centenares de emociones, siendo las principales:

La ira, la tristeza, la alegría, el miedo, el amor, la sorpresa, la aversión y la vergüenza.

 

Cada una de ellas se experimenta con múltiples matices y además en ocasiones se combinan varias para crear nuevas modalidades

 Toda emoción supone reacciones físicas encadenadas que, si bien en un primer momento son normales y hasta necesarias, cuando se prolongan o tienen lugar de forma desproporcionada aumentan los niveles de toxicidad de nuestras células, pudiendo llegar a desencadenar enfermedades orgánicas.  

Cada emoción predispone al cuerpo a un tipo de respuesta

 La ira: aumenta el flujo sanguíneo hacia las manos, el ritmo cardíaco y los niveles de aquellas hormonas que, como la adrenalina, generan la cantidad de energía necesaria para emprender acciones vigorosas.

 La tristeza:tiene la finalidad de ayudarnos a asimilar una pérdida irreparable. Conlleva la disminución de la energía y el entusiasmo con el que acometemos habitualmente las actividades vitales y sociales, y un encierro que nos permite llorar la pérdida, evaluar sus consecuencias y planificar cómo actuaremos cuando retome la energía.

 La alegría: aumenta la actividad del centro cerebral  encargado de inhibir los sentimientos negativos. Crece el caudal de energía disponible y el organismo experimenta entusiasmo ante cualquier tarea. 

El miedo: hace que se retire la sangre del rostro y de otras zonas del cuerpo para llevarla hasta la musculatura de las piernas. De esta forma contamos con el aporte de oxígeno necesario para emprender una posible huida. Al mismo tiempo, el cuerpo se paraliza durante fracciones de segundo que el cuerpo pensante emplea para calibrar la respuesta más adecuada, por ejemplo, esconderse.

 

 

 

 

Las conexiones nerviosas de los centros emocionales del cerebro desencadenan una respuesta hormonal que pone al organismo en estado de alerta general. Todo esto hace que aumente también el ritmo cardíaco y la presión arterial.

 El amor, la ternura y la satisfacción sexual: activan el sistema nervioso parasimpático, que es el opuesto fisiológico de las respuestas “huida” o “lucha”, propias del miedo o la ira. La reacción parasimpática está ligada a la respuesta relajación. Conlleva un estado de calma y satisfacción que favorece la convivencia.

 La sorpresa:produce un arqueo de las cejas que aumenta nuestro campo visual, favoreciendo la entrada de luz en la retina. De esta forma obtenemos información adicional sobre el acontecimiento inesperado.

 La aversión:produce una expresión facial universal: ladeo del labio superior y fruncimiento de la nariz. Son gestos básicos necesarios para expulsar de la boca algo de sabor desagradable o evitar un olor molesto, y que se utiliza también metafóricamente para expresar desaprobación.

 CUESTIÓN DE QUÍMICA

 Las respuestas físicas mencionadas se producen cuando, a través de los sentidos, llegan al cerebro determinados estímulos. En ese momento empiezan a producirse toda clase de reacciones químicas que a través de los neurotransmisores – algo así como nuestros cables eléctricos internos- estimulan otros centros que, a su vez, segregan sustancias con funciones concretas. Así, la oscuridad, estimula la secreción de melatonina, que induce al sueño.

 Todas las predisposiciones biológicas a la acción citadas son modeladas posteriormente por nuestras experiencias vitales. El entorno modela las respuestas emocionales hasta tal punto, que podemos adquirir hábitos que lleguen a confundirse con rasgos de la personalidad. Así, si alguien ha vivido una infancia de malos tratos, seguramente será violento con sus hijos porque éste es el único patrón que ha conocido.

 

La mente racional invierte más tiempo que la emocional en responder a un estímulo.

 

 

 

 

Por ello el primer impulso ante cualquier situación procede del corazón.

Existe también un segundo tipo de reacción emocional, más lenta, que se origina en los pensamientos.

Esta forma de activar las emociones es deliberada: si alguien te insulta llenándote la cara de ira, cada vez que lo recuerdas, reproducirás la misma reacción emocional.

 ORIGEN ORGÁNICO

 En la parte superior de la médula espinal se encuentra el tallo encefálico, la región más primitiva del cerebro, regulador de las funciones vitales básicas- respiración, metabolismo de los órganos, etc.-. De este cerebro primitivo emergieron después los centros emocionales y, millones de años más tarde, el cerebro pensante.

 Nuestras primeras emociones fueron producidas por olores. Al principio, el centro olfativo estaba compuesto sólo por dos grupos celulares: uno registraba cualquier aroma y lo clasificaba- comestible, tóxico, sexualmente disponible...- y el otro, enviaba respuestas reflejas a través del sistema nervioso, ordenando nuestro cuerpo las acciones a llevar a cabo- comer, vomitar, etc.- Luego, el cerebro evolucionó y se conformaron nuevos grupos de células, hasta constituirse el sistema límbico. Justo ahí se registran las emociones.  

Cuando se atrapa la rabia o el miedo, se está bajo la influencia del sistema límbico. En él se encuentran el tálamo, encargado de enviar a la parte pensante del cerebro la información que recibe de los sentidos; el hipotálamo, que regula los impulsos sexuales y otros estados anímicos; el hipocampo, relacionado con el aprendizaje y la memoria; y la amígdala, que controla el miedo.

 Cuando el sistema límbico se conformó, el hombre dejó de responder sólo de forma refleja a los estímulos; seguía decidiendo si comer o no un alimento en base a su olor, pero reconociendo los aromas y discriminando más conscientemente los buenos de los malos. Este trabajo era y es realizado por el cerebro nasal, una parte del circuito límbico que constituye la base rudimentaria del cerebro penante o neocórtex.

 Con el paso de millones de años más, el neocórtex – el intelecto- siguió desarrollándose.

 

 

 

Esta parte del cerebro nos permite experimentar sentimientos – además de coordinar nuestros movimientos- y reflexionar sobre ellos. A él debemos la supervivencia de nuestra especie y que se pusiera en marcha nuestra vida emocional: así, además de experimentar placer con el apareamiento, se crearon vínculos afectivos. Al ir aumentando con el tiempo, la masa de neocórtex, ha ido creciendo el número de conexiones neuronales con el sistema límbico, lo que incrementa la cantidad de respuestas emocionales.

 De la misma manera que existe una estrecha relación entre las emociones y nuestros centros nerviosos, la vida emocional tiene repercusiones en el sistema inmunológico. Como guardián del cuerpo, dicho sistema identifica cada célula del organismo y decide lo que le es propio para protegerlo y lo que le es extraño- un cáncer, por ejemplo. Para destruirlo.  De ahí el rechazo que a veces se produce ante determinados trasplantes.

 Cuando experimentamos emociones negativas, nuestro aparato inmunológico ve disminuida su eficacia, mientras que las personas alegres tienen una gran capacidad de respuesta a las agresiones tanto internas como externas.

 

CÓMO CONTROLARLAS

La parte más evolucionada del cerebro, el neocórtex, es la que ha de utilizarse para conseguir el control de las emociones.

 Con inteligencia racional, debemos ordenar a nuestro cerebro que razone las causas de un arrebato de ira o un ataque de timidez, y luego ordenar que la emoción se calme.

 Para conseguirlo, podemos respirar de forma abdominal, llenando y vaciando, profundamente, primero el abdomen y luego los pulmones. Si no encontramos razones para los arrebatos se debe dar la orden igualmente de no perder el control.

 Aplicando la capacidad de razonar al terreno emotivo, se reeducará la inteligencia emocional. Las emociones sólo se manifestarán cuando la situación lo justifique.

Con paciencia se consigue controlar tanto las innatas como las adquiridas y se equilibra cuerpo, corazón y mente. El yoga es una buena ayuda en el proceso de control emocional.

 

 

 

 

La imaginación: raíz común de nuestras facultades cognitivas

  1. Emociones y sentimientos en el cerebro
  2. La imagen como tecno estética: emoción y discurso político
  3. Bibliografía

"Naturaleza humana es el nombre de un proceso abierto,

De un devenir, a la vez biológico y cultural, fisiológico y simbólico.

Nuestra interioridad más profunda no está poblada de razones en bruto,

Ya sean benignas o malignas. Está poblada de razones simbólicas,

Mitológicas y mágicas."

Edgar Morin

Si como parece inevitable, la imaginación deviene indispensable para todo acto cognoscitivo, la imagen se convierte en pensamientoreflexivo –pre-lingüístico- conectándonos con las disposiciones somato sensoriales que, junto al resto de las capacidades cognitivas, componen una primera aproximación a esta extraordinaria emergencia evolutiva del pensar como homo sapiens sapiens. En esta apasionada búsqueda de respuestas sobre nuestra espontánea capacidad de comprender, las neurociencias están asumiendo el papel de toda la tradición fenomenológica, y permiten situarnos justo en el lugar exacto donde se produce la experiencia.

El lugar de encuentro entre sujeto y objeto. Donde la mente piensa en (y con) el cuerpo la experiencia de estar vivos.

Con el descubrimiento de los aprioris kantianos podemos dar por iniciada la propia teoría moderna del conocimiento. El giro fenomenológico necesario para pensar en las condiciones de posibilidad de la experiencia, que se producen al compartir un sensus communis. Una misma forma de sentir. Con el tiempo, la tradición fenomenológica ha ido influyendo a las distintas disciplinas humanas, y ahora, con los avances de las nuevas tecnologías, podemos hacernos las mismas preguntas sobre una realidad a la que nos aproximamos con mayor riqueza de detalles.

 

 

Las neurociencias, gracias a su abanico interdisciplinar, permiten entender mejor nuestras acciones cognoscitivas dentro de una homeostasis biológica que incluye también lo social y su entorno.

Porque pensar es un productobiológico, con un coste energético, y contextualizado en un ambienteque nos permite hacerlo. Más aún, en palabras del biólogo chileno Humberto Maturana, todo operar orgánico es conocimiento. Desde esta perspectiva hemos de considerar nuestra particular forma de conocer como un ejemplo más de otras formas de estar vivo. De igual manera, la estrategia de lo social, o incluso el lenguaje – aunque con distintos usos-, son técnicas de la naturalezaen las que se inscribe también lo humano, sin por ello restarle singularidad al linaje de los homínidos al que pertenecemos.

Conocer algo significa interesarse por algo. Enfocar un objeto con la atención necesaria, movilizando toda nuestra biologíapara incorporarlo, comprenderlo esquemáticamente o incluso ser capaces de determinar sus reglas. Ese conjunto de notas que completan su definición.

El interés nos traslada al dominio del sentir.

Emocionesy sentimientos, reguladores biológicos que nos conectan al mundo –interno y externo-, son los mecanismos que movilizan nuestro interés hacia algo. Y a la vez, son también los que reciben los estímulos producidos por toda actividad cognoscitiva – y por extensión, del vivir- que, necesariamente resulta indispensable para sobrevivir y alcanzar bienestar.

Con lo expuesto, no se pretende dar una visión irracional o sensualista sobre los complejos procesos que intervienen en el cuerpo para producir actos cognitivos, sino darle la vuelta a un mal entendido cartesianismo, deteniéndonos un poco antes del conocido "pienso, luego existo", y reflexionar sobre un "soy, luego pienso", capaz de superar el dualismo mente-cuerpo. Porque hoy en día, hablar sobre el hombre desde la filosofía, es elaborar un discursoque contemple los nuevos conocimientos y aproximaciones que se derivan de la actividad científica.

Del mismo modo, hacer cienciadesde aproximaciones filosóficas siempre ha resultado ser muy estimulante como lo vuelven a demostrar las últimas investigacionesdel neurobiólogo Antonio Damasio al reactualizar las visiones de Spinoza.

 

 

Estar vivos y ser conscientes de ello es lo que nos sucede a nosotros seres humanos en el lenguaje. Aunque esto que acabamos de decir debe ser enmarcado dentro de una coderiva ontogénica y filogénica de nuestra especie junto con lo vivo. Estar vivo entonces, es estarlo junto a más seres vivos, y aceptar que nuestras vidas dependen de la de los demás. Vivimos en lugares de costumbres entrelazados emocionalmente por signos y significados que nos ven nacer, vivir y morir. Signos y significados que viajan entre la herencia de nuestras culturas, gracias al particular uso que hacemos del lenguaje, y que nos permiten ir más allá del puro sobrevivir para buscar distintas formas de bienestar. La naturaleza en ese sentido, nos ha dotado de unos órganos sobradamente capacitados para alcanzar la supervivencia, reproducirnos e incluso sentir los más sutiles placeres del arte.

Estar vivos como humanos dentro de la vida, nos permite ser usuarios competentes del lenguaje y heredar de las tradiciones culturales a las que pertenecemos, lenguas en las que expresarnos públicamente y proferir conocimiento. Pero para hacer un uso competente del lenguaje vuelve a ser imprescindible estar implicados en algo. Sentir.

Este itinerario que empieza en la autoconciencia del estar vivos como hombres, sigue a través del estudio fenomenológico de las emocionesy sentimientos, y continúa por las disposiciones más abstractas de nuestras capacidades cognitivas como puede ser el uso del lenguaje para producir actos complejos de pensamiento, es el argumento central de este trabajo. En sus periferias, intentaremos abordar algunas ideas de Walter Benjamin sobre la imagen, y las relaciones entre mente y mercado dentro de una deconstrucción crítica del capitalismo tardío.

La imaginación: raíz común de nuestras facultades cognitivas

Si, con los conocimientos que tenemos hoy sobre los procesos cognitivos de nuestra mente, leemos atentamente la Crítica del Juicio –o facultad de juzgar-, nos daremos cuenta de que muchas intuiciones kantianas sobre nuestra forma de conocer, están resultando ser compatibles con las últimas ideas de las neurociencias.

La imaginación en Kant, juega un papel crucial en su relación con las demás facultades cognoscitivas, a la hora de producir universales –esquema-, estableciendo el enlace necesario entre la sensibilidad y el entendimiento.

 

 

Claro que hay toda una interpretación kantiana dedicada a enfatizar la marcada frontera que el pensador estableció entre lo racional y lo emocional –demasiado encarnado y pasivo para la visión de Kant-, pero no por ello puede ignorarse la importancia del sentimiento de placer/displacer en los procesos cognitivos, ni la centralidad de la imaginación, raíz común entre el conocimiento puro y práctico, dentro de su fundamentación trascendental.

Parece pertinente establecer un lazo entre una determinada lectura de la obra crítica kantiana y los últimos descubrimientos que las imágenes cerebrales nos están desvelando. El haber situado su última crítica, la del Juicio, al centro de la razón pura y de la razón práctica, aquello que nos es legítimo conocer y aquello que nos es legítimo decidir, hace del puro reflexionar la desconocida raíz común necesaria para emitir juicios y poder también determinarlos. Y eso es lo que continuamente hacemos o deberíamos hacer para vivir preferiblemente en el bienestar.

Dentro de esta lectura kantiana, no deja de sorprender el lugar central que ocupan los juicios estéticos y muy especialmente el faktum de la belleza en nuestras capacidades de conocer. Su investigación minuciosa acerca de las mismas condiciones de posibilidad de que pueda existir el conocimiento, la teleología de la naturaleza, le hará pensar sobre el estado cognitivo –placentero- del puro reflexionar, que no es otro estado que el de una búsqueda sin fin de figura, imagen, que no llega a determinarse, la belleza. Un estado de máxima actividad donde la imaginación entrelaza la sensibilidad y el entendimiento para crear figuras. El momento estético necesario para poder incluso imaginarse los conceptos científicos más complejos-, el Eureka del genio que hace la regla.

También los debates entre filósofos y neurocientíficos contemporáneos nos hablan de cuestiones éticas y estéticas, produciendo cada vez más conocimiento sobre nuestros procesos cognitivos comunes, sin abandonar la pregunta de qué es el conocimiento. Quizá en este sentido, más que una post-modernidad libre de grandes relatos e ideologías, vivimos en una modernidad no completada, inacabada, puede que incluso pérdida. Tiempos de perfectos bárbaros tal y como lo demuestra la historia.

Es en la crítica del gusto donde Kant establecerá, a mi parecer, una clara frontera entre lo puramente carnal –sensible [agradable/desagradable]- y lo que pertenece al libre juego entre el entendimiento y la sensibilidad, los juicios estéticos.

 

 

En la legitimación del discurso estético, y la posibilidad de que sea universalizable, en la producción de imágenes que pueden ser compartidas, la posibilidad de compartir sentidos, Kant encuentra también la misma posibilidad de que haya conocimiento. El hecho de que las cosas en la naturaleza puedan ser comprensibles, conceptualizables. Y visto desde esta perspectiva, el puro reflexionar deviene imprescindible para poder determinar.

Si pensamos ahora la facultad de imaginar como una pura reflexión pre lingüístico, capaz de representar plásticamente sobre nuestras disposiciones somato sensoriales cerebrales ideas complejas del cuerpo y de la mente, nos daremos cuenta de que esta disposición nos permite reconocer y recuperar lo que Damasio llama mapas neurales [patterns] del cuerpo y de la mente. Huellas que representan estados complejos del ser vivo. No es casualidad el hecho de que, en esta coderiva ontogénica de lo viviente, los mecanismos adaptados para el tratamiento de imágenes en los sistemas nerviosos de los seres vivos sean un conjunto de estrategias mucho más probadas e interiorizadas en la evolución que el pensamiento lingüístico.

Pero cómo el cerebro hace eficiente esa contextualización inmediata de lo mediato en el mismo cuerpo, es el camino que nos lleva a preguntarnos por el papel cognitivo de nuestras emociones y sentimientos, y cómo éstas se relacionan con el lenguaje y las cosas que pensamos –sus referencias-.

Sólo recordar por ahora que para Maturana, todo ser vivo es una estructuraautopoiética clausurada, entrelazada emocionalmente a los demás y a su entorno, y que cualquier cambioestructural que se produce dentro de su organismo es debido a las posibilidades emergentes de su determinación en relación con el medio. Estas consideraciones que clausuran al material vivo en una posibilidad determinada de cambios emergentes en su estructura, son importantes a la hora de situar en lo humano – también en el lenguaje- los conceptos de emoción y sentimiento en su danza estructural con el entorno, y entender su función en los procesos de homeostasis biológicos individuales y sociales.

Para Maturana, el lenguaje se extiende a lo que denomina lenguajear, concepto que incluye todo tipo de actos, gestos y expresiones consensuadas que se dan dentro de una coherencia estructural a la hora de establecer una comunicación entre seres vivos orientados a la acción.

 

 

La homeostasis de estos organismos autopoiéticos socialmente entrelazados, es también materia de estudio para las nuevas disciplinas neurobiológicas. También lo fue para Kant en su Metafísica de las Costumbres y en su extraordinaria obra política producida desde su antropologíafenomenológica, y que sigue siendo imprescindible para entender incluso el marco político internacional en el que se mueve el hombre contemporáneo.

Emociones y sentimientos en el cerebro

Para los neurobiólogos y los profesionales de las neurociencias, las emociones y los sentimientos son reguladores biológicos necesarios para mantener el equilibrio homeostático interno y externo de nuestro organismo coherente con el medio. Las áreas neurales que regulan sus funciones están relacionadas con cambios químicos, motores, somato sensorial, vital para mantener la coherencia dentro de la vida. La distinción que suele hacerse es considerar a las emociones como disposiciones corporales que especifican a cada instante un dominio de acciones posibles, algo así como una definición de un particular contexto carnal, y los sentimientos como productode contextos emocionales reinterpretados desde disposiciones cognitivas superiores, generando a la vez contextos sensitivo-sentimentales capaces de representar estados complejos de la mente y del cuerpo. Esta forma compuesta de emociones y sentimientos que acaba definiendo contextos posibles de acciones corporales/mentales, lo que Maturana llama dominios operacionales, es mapeada finalmente mediante patternsneurales localizados en las áreas cerebrales especializadas en las funciones somato sensoriales y motrices. Son las pautas neurales las que darán lugar a los mapas neurales que acaban carto

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Comentarios Quererse a uno mismo, esta de moda.

. COMO DESARROLLAR INTELIGENCIA ESPIRITUAL
EN LA CONDUCCION DIARIA
Cada señalización luminosa es un acto de conciencia
Ejemplo:
Ceder el paso a un peatón.
Ceder el paso a un vehículo en su incorporación.
Poner un intermitente
Cada vez que cedes el paso a un peatón
o persona en la conducción estas haciendo un acto de conciencia.
Imagina los que te pierdes en cada trayecto del día.
Trabaja tu inteligencia para desarrollar conciencia.
Atentamente:
Joaquin Gorreta 55 años
Joaquin Gorreta Joaquin Gorreta 13/10/2013 a las 12:38

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