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El vocabulario para conseguir el éxito definitivo.

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     El vocabulario, es tu "herramienta" para el éxito definitivo.

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“La palabra correcta es un poderoso agente. Cada vez que nos encontramos con una de esas palabras tan correctas... el efecto resultante es tanto físico como espiritual y está cargado de electricidad.”

MARK TWAIN

PALABRAS... SE LAS HA UTILIZADO para hacernos llorar y reír. Son capaces de herir o curar. Nos ofrecen esperanza o devastación. Con palabras podemos dar a conocer nuestras más nobles intenciones y nuestros más profundos deseos. A lo largo de la historia de la humanidad, nuestros líderes y pensadores más destacados han utilizado el poder de las palabras para transformar nuestras emociones, para enrolamos en sus causas y para configurar el curso del destino. Las palabras no sólo pueden crear emociones, sino también acciones y de nuestras acciones fluyen los resultados demuestras vidas. Cuando Patrick Henry se encontró ante sus compañeros de legados y proclamó: «No sé qué camino pueden tomar los demás, pero en cuanto a mí, dadme libertad, ¡O dadme la muerte!», sus palabras encendieron una verdadera tormenta que liberó el compromiso desenfrenado de nuestros antepasados por extinguir la tiranía que les había oprimido durante tanto tiempo. Usted y yo compartimos su herencia privilegiada, las oportunidades con que contamos en la actualidad por el hecho de vivir en Estados Unidos fueron creadas por hombres cuyas palabras terminarían por configurar las acciones de las generaciones futuras: Cuando, en el curso de los acontecimientos humanos, se hace necesario para un pueblo disolver los lazos políticos que lo han conectado con otro...Esta sencilla declaración de independencia, este conjunto de palabras, se convirtió en el vehículo del cambio para una nación. Claro que el impacto de las palabras no se ve limitado a Estados Unidos. Durante la Segunda Guerra Mundial, Guando se hallaba en peligro la misma supervivencia de Gran Bretaña, las palabras de un solo hombre ayudaron a movilizar la voluntad del pueblo inglés. Se dijo en cierta ocasión que Winston Churchill poseía la habilidad única de hacer entrar en combate el idioma inglés. Su famoso llamamiento a todos los británicos para convertir aquello en su «hora decisiva», tuvo como resultado el despliegue de un valor incomparable, y aplastó el engaño de Hitler sobre la invencibilidad de su máquina de guerra. La mayoría de las creencias se forman con palabras, y también se las puede transformar por medio de palabras. Los puntos de vista predominantes en Estados Unidos sobre la igualdad racial se vieron configurados por las acciones, pero esas acciones se vieron inspiradas a su vez por palabras apasionadas. ¿Quién puede olvidar la conmovedora invocación de Martin Luther King, cuando compartió su visión? «Tengo el sueño de que, algún día, esta nación se levantará y vivirá al verdadero significado de su credo...».Muchos de nosotros somos muy conscientes del poderoso papel que han jugado las palabras en nuestra historia, del poder que tienen los grandes oradores para conmovemos, pero pocos somos conscientes de nuestro propio poder para utilizar esas mismas palabras para conmovemos emocionalmente, para desafiar, dar valor y fortaleza a nuestros espíritus, impulsamos hacia la acción y buscar mayores riquezas de este regalo que llamamos vida.

                       

Despertando al Gigante Interior Anthony Robbins

 

Proyecto Vagner Lover

Bandido154. Una selección efectiva de palabras para describir la experiencia de nuestras vidas puede elevar nuestras emociones más poderosas. Por el contrario, una pobre selección de palabras puede devastamos con la misma seguridad y rapidez. La mayoría de nosotros elegimos inconscientemente las palabras que utilizamos; caminamos como sonámbulos a través del dédalo de posibilidades de que disponemos. Dese cuenta ahora del poder que tienen sus palabras si las elige sabiamente. ¡Estos sencillos signos son un verdadero regalo! Transformamos estas figuras singulares que llamam9s letras (o sonidos, en el caso de la palabra hablada) en un tapiz singular y rico de la experiencia humana. N os proporcionan un vehículo para expresar y compartir nuestra experiencia con los demás; no obstante, la mayoría de nosotros no nos damos cuenta de que las palabras que elegimos habitualmente también afectan a la forma en que nos comunicamos con nosotros mismos y, en consecuencia, a lo que experimentamos. Las palabras pueden herir nuestros egos, o inflamar nuestros corazones; podemos cambiar instantáneamente cualquier experiencia emocional eligiendo, sencillamente, nuevas palabras para describir lo que estamos sintiendo. Sin embargo, si no logramos dominarlas, y si permitimos que su selección sea estrictamente un hábito inconsciente, podemos estar denigrando toda nuestra experiencia de la vida. Si describe usted una experiencia magnífica como algo «bastante bueno», la rica textura de esa experiencia se verá suavizada y aplanada por el uso limitado del vocabulario. Las personas con un vocabulario empobrecido llevan una vida emocional empobrecida; las personas con vocabularios ricos disponen de una paleta decolores muy matizados con la que describir su experiencia, no sólo para los demás, sino también para sí mismas. La mayoría de la gente, sin embargo, no se ve desafiada por el tamaño del vocabulario que comprende conscientemente, sino más bien por las palabras que prefiere utilizar. En muchas ocasiones, utilizamos palabras como «atajos», pero esos atajos suelen cambiar nuestro estado emocional. Para controlar conscientemente nuestras vidas, tenemos que evaluar y mejorar conscientemente nuestro vocabulario, para aseguramos que nos empuje en la dirección que deseamos en lugar de aquella que queremos evitar. Usted y yo debemos darnos cuenta de que el idioma está lleno de palabras que, además de su significado literal, transmiten una clara intensidad emocional. Por ejemplo, si tiene la costumbre de decir que le “disgustan» las cosas, que le «disgusta» su cabello, le «disgusta» su trabajo o le «disgusta” tener que hacer algo, ¿no cree que eso eleva la intensidad de sus estados emocionales negativos más que si eligiera la frase «Prefiero algo más”? Utilizar palabras cargadas emocionalmente puede transformar mágicamente nuestro propio estado de ánimo y el de los demás. Piense en la palabra «caballerosidad», por ejemplo. ¿Conjura imágenes diferentes y tiene un impacto emocional mayor que palabras como “amabilidad» o «cortesía»? Sé que, en mi caso, así sucede. La caballerosidad me hace pensar en un valiente caballero montado sobre un alazán blanco, defendiendo a su dama de cabello negro como el azabache; me transmite nobleza de espíritu, una gran mesa redonda alrededor de la cual se sientan hombres de honor, toda la ética artúrica, en resumen, el milagro deCamelot. ¿Qué le parecen palabras como «impecable» o «integridad», en comparación con “bien hecho» y «honradez»? Las palabras «perseguir la excelencia» crean indudablemente mayor intensidad que «tratar de hacer las cosas mejor»...Durante años, he observado de cerca el poder de cambio que tiene una sola palabra en la comunicación con alguien, y me he dado cuenta de cómo cambia instantáneamente el estado de ánimo de las personas, y, con frecuencia, la forma en que se comportan a continuación. Después de haber trabajado con cientos de miles de personas, puedo asegurarle que sé, más allá de toda sombra de duda, algo que, a primera vista, puede parecer difícil de creer: al cambiar su vocabulario habitual (las palabras que utiliza para describir las emociones

 

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Bandido155que experimenta en su vida) puede cambiar instantáneamente su forma de pensar, de sentir y hasta de vivir. La experiencia que indujo por primera vez esta comprensión me ocurrió hace varios años, durante una reunión de negocios. Me encontraba con dos hombres, uno que había sido ejecutivo de una de mis empresas, y un socio mutuo y buen amigo; en plena reunión, recibimos unas noticias bastante perturbadoras. Alguien con quien estábamos negociando en esos momentos, «intentaba aprovecharse injustamente», había violado la integridad de nuestro entendimiento, y parecía habernos tomado la delantera. Eso me encolerizó y me perturbó, por decir algo, pero, aunque me vi atrapado en la situación, no pude evitar el observar cómo respondieron a la misma pregunta las dos personas con las que me hallaba reunido. El ejecutivo se puso fuera de control, lleno de rabia y furia, mientras que mi socio apenas pareció sentirse afectado por la situación. ¿Cómo es posible que los tres hubiéramos recibido la misma información, que debiera habernos impactado por igual (los tres nos jugábamos lo mismo en la negociación) y, sin embargo, cada uno de nosotros hubiera reaccionado de una forma tan radicalmente diferente? En honor a la verdad, debo decir que la intensidad de la respuesta de mi ejecutivo me pareció desproporcionada en relación con lo ocurrido. Ese hombre siguió hablando sobre lo «furioso» y «encolerizado» que se sentía, se le enrojeció el rostro y se le hincharon visiblemente las venas de la frente y el cuello. Evidentemente, vinculaba, actuar dejándose dirigir por la rabia con la eliminación de dolor o la obtención de placer. Al preguntarle qué significaba para él sentirse «encolerizado”, me contestó con los dientes apretados: «Si uno monta en cólera, se hace más fuerte, y cuando se es más fuerte puede hacer que ocurran cosas, se le puede dar la vuelta a cualquier cosa”. Consideraba la emoción de la cólera como un recurso para salir de la experiencia de dolor y obtener una sensación de placer, como si controlara realmente el asunto. Entonces, fijé la atención en la siguiente pregunta que tenía en la cabeza: ¿por qué mi amigo y socio respondía a la situación sin demostrar prácticamente ninguna emoción? Le dije:-Tú no pareces sentirte muy afectado por esto. ¿Es que no estás enfadado? El ejecutivo añadió por su cuenta:-¿Es que no te pone FURIOSO? Mi amigo se limitó a contestar:-No, no vale la pena enojarse por eso. Al decir esto, me di cuenta de pronto de que, a pesar de conocerle desde hacía muchos años, nunca le había visto mostrarse enojado por nada. Le pregunté qué significaba para él sentirse enojado:-Si uno se siente enojado, pierde el control.-Eso es interesante -repliqué--, ¿y qué ocurre si pierdes el control? Mi amigo me contestó con naturalidad:-Que el otro gana. No podría haber soñado con encontrar un mayor contraste: una persona vinculaba el placer de tomar el control con el acto de encolerizarse, mientras que la otra vinculaba el dolor de perder el control con la misma emoción. Evidentemente, sus comportamientos reflejaban sus creencias respectivas. Empecé a examinar entonces mis propios sentimientos. ¿Qué creía yo respecto a eso? Durante años, había estado convencido de poder manejar cualquier cosa sime enfadaba, aunque también creía que no tenía por qué enfadarme para hacerlo así. Puedo ser igualmente efectivo hallándome en un estado de máxima felicidad. Como resultado de mis creencias, no evito la cólera (la utilizo si me encuentro en ese estado), pero tampoco la busco, porque puedo acceder a mi fortaleza interna sin necesidad de sentirme «furioso». Lo que me interesó realmente fue la diferencia en las palabras que todos utilizamos para describir esta experiencia. Yo había utilizado las palabras «enfadado» y «perturbado», mi ejecutivo había

 

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Bandido156empleado las palabras «furioso» y «encolerizado», y mi amigo había dicho que se sentía «un poco molesto» por la experiencia. ¡Casi no podía creerlo! ¿Molesto? Me volví hacia él y le pregunté:-¿Es eso todo lo que sientes, un poco de molestia? Seguramente tienes que sentirte enojado o perturbado alguna vez.-En realidad, no -me contestó- Se necesitan muchas cosas para que me suceda eso, y casi nunca ocurren.- ¿Recuerdas aquella vez en que los de Hacienda se te llevaron un cuarto de millón de dólares de tu dinero y luego resultó que habían cometido un error? -le pregunté- ¿No tardaste dos años y medio en recuperar ese dinero? ¿No te puso eso LÍVIDO?-No, no me perturbó. Quizá me sentí un poco displicente. ¿Displicente? En aquellos momentos me pareció la palabra más estúpida que podría haber utilizado. Yo nunca habría empleado una palabra así para describir mi intensidad emocional. ¿Cómo era posible que este hombre rico y de éxito utilizara una palabra como “displicente» y siguiera manteniendo un rostro inexpresivo? La verdad es que su rostro no era inexpresivo del todo. Parecía casi disfrutar hablando de cosas que a mí me habrían vueltoloco.Empecé a preguntarme: «Si utilizara esa palabra para describir mis emociones, ¿cómo empezaría a sentirme? ¿Me encontraría sonriendo ante situaciones que antes me habían puesto tenso?» Pensé que quizá valía la pena considerar estas reflexiones. Durante varios días, seguí sintiéndome intrigado por la idea de usar las pautas lingüísticas de mi amigo y comprobar cuál sería entonces mi intensidad emocional. ¿Qué podía ocurrir si en alguna ocasión en queme sintiera realmente enojado me volvía hacia alguien y le decía: «Esto hace que me sienta displicente»? Sólo el pensarlo ya me hacía reír; me parecía tan ridículo. Decidí probarlo, aunque sólo fuera por diversión. Encontré la primera oportunidad de probarlo después de un largo vuelo nocturno, cuando llegué a mi hotel. Como alguien de mi personal se había olvidado comprobar la reserva de habitación, tuve que permanecer quince o veinte minutos extra ante el mostrador de recepción del hotel, físicamente agotado y cerca de mi umbral emocional. El empleado pareció arrastrarse hacia la computadora y empezó a teclear mi nombre a una velocidad que impacientaría a un caracol. Sentí «un poco de enojo» creciendo en mi interior, así que me volví hacia el empleado y le dije: «Mire, sé que usted no tiene la culpa, pero en estos momentos me siento agotado y necesito llegar rápidamente a mi habitación, porque, cuanto más tiempo permanezca aquí, me temo que tanto más DISPLICENTE (descortés, desagradable) me voy; a sentir”. El empleado me dirigió una mirada de perplejidad y finalmente apareció una sonrisa en su rostro. Le devolví la sonrisa; había roto mi pauta de actuación. El volcán emocional quese había ido acumulando en mi interior se enfrió instantáneamente, y entonces sucedieron dos cosas. Disfruté realmente de unos pocos instantes de comunicación con el empleado, y éste aumentó su velocidad de actuación. ¿Acaso haber colocado una nueva etiqueta a mis sensaciones había sido suficiente para romper mi pauta y cambiar realmente mi experiencia? ¿Podía ser tan fácil? ¡Qué concepto! Durante la semana siguiente, practiqué la nueva palabra una y otra vez. En cada caso, descubrí que, al hacerla, tenía sobre mí el impacto de reducir de inmediato mi intensidad emocional. A veces, me hacía reír, pero como mínimo interrumpía el impulso que experimentaba de sentirme enojado y dejarme arrastrar por un estado de cólera. Al cabo dedos semanas ya ni siquiera tuve que esforzarme por usar la palabra: eso se hizo algo habitual en mí. Se convirtió en mi preferida para describir mis emociones, y descubrí que ya no me dejaba arrastrar hacia aquellos estados extremadamente enojados. Me sentí cada vez más fascinado por esta herramienta con la que me había encontrado por casualidad. Me di cuenta

 

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Bandido157de que, al cambiar mi vocabulario habitual, estaba transformando mi experiencia, estaba utilizando lo que más tarde denominaría «vocabulario transformacional». Poco a poco, empecé a experimentar con otras palabras y descubrí que, si utilizaba palabras lo bastante potentes, podía disminuir o aumentar instantáneamente mi intensidad con respecto a cualquier cosa. ¿Cómo funciona realmente este proceso? Piénselo del siguiente modo: imagine que sus cinco sentidos canalizan una serie de sensaciones hacia su cerebro. Recibe estímulos visuales, auditivos, quinésicos, olfativos y gustativos, todos los cuales son traducidos por sus órganos sensoriales y convertidos en sensaciones internas. Luego, tienen que ser organizados en categorías. Pero ¿cómo sabemos lo que significan estas imágenes, sonidos y otras sensaciones? Una de las formas más poderosas que ha aprendido el hombre para decidir con rapidez qué significan las sensaciones (¿es dolor o placer?) consiste en crear etiquetas para ellas, y esas etiquetas son lo que usted y yo conocemos como «palabras”. He aquí el desafío: todas sus sensaciones le llegan a través de este túnel como si fueran sensaciones líquidas vertidas a través de un conducto delgado en varios moldes llamados palabras. En nuestro deseo de tomar decisiones con rapidez, en lugar de usar todas las palabras de que disponemos y encontrar la descripción más apropiada y exacta, a menudo forzamos la experiencia hacia un molde limitador. Formamos así moldes habituales y favoritos que configuran y transforman nuestra experiencia de la vida. Desgraciadamente, la mayoría de nosotros no hemos evaluado conscientemente el impacto de las palabras que estamos acostumbrados a usar. El problema se plantea cuando empezamos a verter consistentemente cualquier forma de sensación negativa en la palabra-molde para «furioso», o “deprimido», o «humillado», o «inseguro» y es muy posible que esa palabra no refleje la verdadera experiencia del momento. En cuanto situamos este molde alrededor de nuestra experiencia, la etiqueta que le ponemos se convierte en nuestra experiencia. Así, lo que era “un poco desafiante “se convierte en «devastador”. Por ejemplo, mi ejecutivo utilizó las palabras «furioso» y «encolerizado»; yo utilicé “enojado» o «perturbado», y mi amigo vertió su experiencia en el molde de «displicente» o “molesto». Según descubrí, lo interesante es que todos nosotros utilizamos las mismas pautas de palabras para describir multitud de experiencias frustrantes. Usted y yo necesitamos saber que todos podemos tener las mismas sensaciones,
pero que la forma en que las organizamos (el molde o palabra que usamos para describirlas) es lo que se convierte en nuestra experiencia. Más tarde descubrí que, al utilizar el molde de mi amigo (las palabras “displicente» o « molesto»), era capaz de cambiar instantáneamente la intensidad de mi experiencia, que se convirtió así en algo más. Ésa es la esencia del vocabulario transformacional: las palabras que adscribimos a nuestra experiencia se convierten en nuestra experiencia. Por lo tanto, debemos elegir conscientemente las palabras que usamos para describir nuestros estados emocionales, o sufrir un mayor dolor del que está realmente justificado o es apropiado. Las palabras se utilizan literalmente para representamos lo que es nuestra experiencia de la vida. En esa representación, alteran nuestras percepciones y sentimientos. Recuerde que sí tres personas pueden tener la misma experiencia, pero una de ellas se siente furiosa, la otra siente enojo y la otra se siente molesta, es evidente que las sensaciones se han visto cambiadas por la traducción que cada persona ha hecho de ellas. Como quiera que las palabras sean nuestra principal herramienta para la interpretación o la traducción, la forma en que etiquetamos nuestra experiencia cambia inmediatamente las sensaciones producidas sobre nuestros sistemas nerviosos. Usted y yo debemos damos cuenta de que las palabras tienen, de hecho, un efecto bioquímico. Si duda de ello, me gustaría que considerara honestamente si hay palabras que, utilizadas por alguien, sean capaces de crear inmediatamente una reacción emocional en usted. Si alguien le dirige una invectiva racial, ¿cómo se siente? Si alguien le insultara

 

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Bandido158gravemente, ¿cambiaría eso su estado emocional? Probablemente, hay una gran diferencia entre alguien que le llama por las iniciales h.d.p., y alguien que articula con todo detalle gráfico las palabras representadas por esas iniciales. ¿No produciría eso un nivel de tensión en su cuerpo muy diferente a que alguien le llamara «ángel»? ¿O «genio»? ¿O «petimetre»? Todos nosotros vinculamos tremendos niveles de dolor a ciertas palabras. Al entrevistar al doctor Leo Buscaglia, éste compartió conmigo los descubrimientos de una investigación llevada a cabo por una universidad orientala finales de los años cincuenta. En ella se preguntó a la gente: « ¿Cómo definiría usted el comunismo?» Un número asombroso de las personas que respondieron se mostró incluso aterrorizado por el simple planteamiento de la pregunta, pero no fueron muchas las que consiguieron definirlo; ¡lo único que sabían decir es que se trataba de algo horroroso! Una mujer llegó incluso a decir: «Bueno, no sé realmente qué significa eso, pero es mucho mejor que no haya nada de eso en Washington». Un hombre dijo que sabía todo lo que necesitaba saber sobre los comunistas y que lo que había que hacer era matarlos a todos. Pero ni siquiera pudo explicar qué eran. No puede negarse el poder de las etiquetas para crear sensaciones y emociones.

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